lunes, 13 de abril de 2015

Reconocimiento y vanidad



Ayer noche,  y después de ver una película,  caí en la tentación de no apretar el botón rojo del mando y en el consiguiente zapeo me encontré con la imagen de Pepa Bueno entrevistando a Felipe González.  Qué duda cabe que, aunque fuera de la actividad política directa, es un personaje de interés. Y me puso a escucharlo, observarlo y, sobre todo, pensarlo. Apareció con vestimenta sobria;  pantalones gris oscuro de evidente calidad, impecables zapatos mocasines negros de boxcalf, jersey entre azulado y verdoso de galga media entre buen lamswool  o cashmere y camisa de leve cuadrito sobre fondo blanco.  Un corte ajustado de su inmaculado cabello y unas manos que evidencian papeles y plumas y a las que no hace protagonistas junto a una actitud relajada, transmitían la comodidad del personaje. Creo que estaba a gusto.

Al poco rato perdí el interés por la entrevista –observé que ya tiene poco que contar - que discurrió por la charla amable entre dos amigos y con poco compromiso. Y me dediqué a observarlo. Hombre clave en la política española desde la desaparición del franquismo –eso de la caída es un eufemismo divertido pues aquí no cayó nadie-, con evidentes cualidades personales e inteligencia política, ha sido  odiado, alabado, sublimado y vilipendiado como pocos. Nadie como él suscitó tanta ilusión en un país –hay que decir que proclive al entusiasmo después de la dictadura- como la que se vivió desde 1982 a 1993, con tres legislaturas de mayoría absoluta y la pérdida de las elecciones en ese último año. Y nadie como él defraudó al sector  más crítico de su partido o más bien del pensamiento de izquierda.

Hombre tan poliédrico precisaría un análisis más riguroso que el que me propongo y que no por ello debe de ser menos acertado. Entre la múltiples cualidades, defectos, virtudes, carencias y, en definitiva, características del personaje, ¿cuál es aquella que mejor le definiría? Una sola de ellas, una, en la que cualquiera pudiera reconocerlo. Y que no necesariamente por ella quedaran mermados sus estimables logros. Y me puse a pensarlo. Y tuve que remontarle al día en el que le dije adiós. Corría el año 1989 cuando estalló el caso “Juan Guerra”. Hermano de Alfonso Guerra, entonces Vicepresidente del Gobierno, estaba involucrado en asuntos delictivos que posteriormente se demostraron y, además, empleando los despachos de la Delegación del Gobierno en Andalucía. Desde el Psoe se acusó a todo el que les acusara, de orquestar una campaña de desprestigio con tal de desestabilizar al Gobierno, que ya comenzaba a mostrar los primeros signos de corrupción y que unos años más tarde terminaría por perder las  elecciones. Y apareció Felipe González, en un audio que puede encontrarse en las hemerotecas, advirtiendo o más bien amenazando a quienes  solicitaban la dimisión de Guerra  de que…“por el precio de una, iba a tener dos”.  Es decir, nos amenazó con una dimisión solidaria poniendo en juego toda la fortaleza personal ganada en eso años. Aquello me sobrecogió, entristeció y, finalmente, me indignó. Porque no fue de ningún modo un acto generoso y solidario sino la expresión pública de la vanidad más inimaginable. Nos amenazó, a todos los españoles, con la orfandad, con dejarnos, con abandonarnos. Resulta curioso como en muchas ocasiones, las cosas con las que convivimos o los momentos históricos pasados, aunque combatidos, dejan en nosotros un poso superior al que pensamos. Y esa canción ya me la conocía. Ese sentirme tutelado, protegido y amparado me sonaba demasiado. Como todas las  vanidades tienen sus enormes puntos débiles e inconsecuencias, Guerra dimitió y González siguió al frente del Gobierno hasta que tuvo que marchar en 1993.

Desde entonces, y después de unos años de cierto silencio, se han confirmado todas mis certezas. González es un hombre de una tremenda vanidad. Algo que se ha hecho más evidente en la actualidad con los novedosos movimientos políticos y ante los que cuando no ha mostrado un notable desprecio e incomprensión lo ha hecho con una prepotencia descarada. Algo parecido le está ocurriendo con alguno de los nuevos líderes de América Latina que se resisten a esa mirada de “arriba abajo” que tanto prodiga. Los años pasan y si en algunos aspectos nos obsequian con cierta sabiduría la focalización excesiva en la persona procura notables dislates. Esto le está ocurriendo con frecuencia a nuestro personaje que manifiesta obviedades con la sonrisa entre pícara y bondadosa del que piensa que nos descubre algo. Y, sin embargo, ante temas de verdadera enjundia se despacha con una incoherencia con su pasado adornándola con el privilegio de la atalaya distante de su talento. Él ya no está para temas de andar por casa. Si desciende de sus conferencias, consejos, artículos o viajes es para iluminarnos con el faro de hombre de Estado con el que siempre se ha sentido cómodo y que colmaba sus expectativas. Creo que González nunca buscó fortuna en términos económicos; con la garantía de una vida notablemente acomodada ha tenido suficiente. Ni siquiera el poder ha sido objeto de sus ambiciones más allá de lo que puede conllevar  de reconocimiento. Por eso reacciona con violencia cuando se pone en tela de juicio la importancia de su figura y sus gobiernos y se cuestiona, con la distancia del tiempo, la idoneidad de su gestión. No comprende que no se reconozca. Su vanidad se lo demanda.

Zaragoza, 13 de Abril del 2015