viernes, 17 de abril de 2015

Los cinco dedos en la cabeza de Rato.






He seguido, con el interés que corresponde a un ciudadano responsable, las noticias relativas a las presuntas irregularidades o delitos que afectan a los  movimientos de capitales y su origen del ex Vicepresidente del Gobierno y poderoso ex Ministro de Economía Sr. Rodrigo Rato. No me extenderé en la repulsa que me provocan esos hechos y tampoco en mi aversión hacia la ideología de este personaje y los que, como él, defienden determinadas políticas. Además, es evidente que tanto muchos de su grupo como del otro principal partido opositor y, lamentablemente, mayores instancias del Estado se han visto salpicados por hechos que resultan repugnantes en sí mismos y todavía más por la obscenidad con la que se han producido. Y eso, merecería la condena y reprobación más severa.  Pero ha habido algo que me ha hecho sentir molesto.

Como todos, con el mayor interés, he visto las imágenes en las que la policía judicial irrumpía en su domicilio a fin de efectuar un registro que confirmara indicios delictivos; y debió encontrarlos pues el Sr. Rato, salió debidamente detenido. En muchos otros sucesos de índole parecida, la prensa y la ciudadanía se ha enzarzado en una cadena de dislates acerca de lo adecuado o no de que saliera esposado. Para mí fui un alivio ver que no ha sido así. Es posible que se me diga que cualquier ciudadano en su lugar lo hubiera sufrido y tendrían razón; pero creo que las normas deben aplicarse no de forma automática sino cuando son necesarias. Y este me parece un caso palpable de que no era preciso. Además, debo de confesar que hay dentro de mí un impulso irracional que, por mucha aversión y rechazo que me produzca cualquiera, llegado este momento, una leve, levísima corriente de simpatía me invade. George Brassens lo expresó muy bien en aquella canción en la que decía que cuando veía al alguien correr detrás y a por otro, su primer impulso era ponerle la zancadilla al perseguidor.  Es muy posible que se cometa una injusticia, pero en ese momento el impulso –no otra cosa son los impulsos sino reacciones basadas en sentimientos profundos- te hace ver débil hasta al culpable.

Pero este alivio de las esposas se ha visto empañado por el estúpido acto, prepotente y vejatorio, de los cinco dedos de la mano del policía judicial sobre la cabeza de Rato al entrar al coche. ¿Realmente era necesario? ¿Alguien piensa que le protegía de golpearse? ¿Es un reflejo de tanto telefilm americano? ¿Quería salir en la imagen el policía judicial haciéndose notar? Me ha parecido un acto indigno y humillante y hubiera preferido la imagen de las esposas. Puede haber algo de dignidad en esas manos a la vista, con la americana cerrada, la espalda erguida y la actitud firme aunque no desafiante. La dignidad del que se muestra tal y como son las cosas y asume su papel. Y no hay nada insultante en el detenido sujetado por brazos que lo conducen al vehículo. Pero hay un matiz muy diferente en el contacto físico, epidérmico a la vista de todos. Hay algo de violencia y violación en esos cinco dedos sobre la piel de Rato. Siento insultante –casi sobre mí- el tacto de esos cinco dedos sobre nuca y cabeza, que fuerzan, doblegan y humillan.