jueves, 4 de diciembre de 2008

Al otro lado







El sábado pasado vi la película “Al otro lado” del cineasta turco Fatih Akin. Esta película aborda seis historias entrecruzadas con el fondo del contraste de culturas y nos muestra las soledades, sentimientos, sueños, luchas y la incomunicación de los personajes y con la muerte como final y principio de las cosas. Plásticamente la película es de una notable belleza, en la que abundan los lentos primeros planos, en búsqueda de una expresividad de sentimientos inspirada en la cinematografía sueca, pero con estética y un tempo mediterráneos, que le confieren una proximidad vital de gran hermosura y lucidez. Con el soporte de una rocambolesca historia en la que, de diferente manera y en ignorancia, intervienen los seis personajes, el cineasta va tejiendo una maraña de emociones que concluyen en la esperanza como escape final.
Dicho todo lo que antecede, quisiera entrar ahora en algunos aspectos de la película- en realidad uno- que a mí me han impactado y emocionado especialmente. Siendo cierto que habla de la casualidad, de las relaciones interpersonales, del otro lado, del amor, de los afectos, de la fortuna, etc., creo que hay uno que destaca por encima de los demás y que “preside” la interrelación de todos ellos. Y es la relación padres/hijos/padres. Y que esta relación, no siendo así en origen, concluye en un desarrollo monoparental, determinando unos matices emocionales que marcan una cierta diferencia e intensidad. La madre -sola-, que se prostituye con el único objetivo de proporcionar un futuro mejor para su lejana hija; la madre -sola-, que observa, con mayor impotencia que reprobación, como su hija -fiel reflejo de sí misma- asume peligros que, conocidos por su experiencia, trata de evitar; el padre -solo-, que dedica su vida “al otro lado”, a que su hijo tenga un brillante futuro “en este lado”, y que, en su etapa final, considerando la misión como cumplida, solo busca un mínimo afecto y calor, aunque sea comprado.
La madre oliendo la ropa en un recuerdo desesperado; el grito desgarrador de la hija al teléfono desconectado, en un ¡mamá!, –magnífico doblaje-, emocionado y suplicante; la mirada solícita de aprobación del padre al hijo, me parecen elementos magistrales de expresividad emocional.
Esos aspectos son los que más me han conmovido. La supremacía de la ley natural ante cualquier condicionante atávico, cultural o social. El lazo más profundo e incondicional del ser humano. Como dice Alfonso Guerra en su magnífico libro de memorias “Cuando el tiempo te alcanza”:

Un hijo, es la experiencia amorosa más intensa y continuada que puede vivir el ser humano.
Cuando niño, en la castrante enseñanza que los de nuestra edad sufrimos, recuerdo la Enciclopedia -en su apartado de Historia de España- en la que destacaba la sublimación del “régimen” hacia figuras como las de Guzmán el Bueno o el General Moscardó. Siempre me causaron malestar. No podía comprender como un padre –a pesar del deber (sic), de la patria, y de todo lo quieran-, podía, incluso, proporcionar el puñal para matar a su hijo. Es evidente que ni la edad ni los tiempos, propiciaban el poner objeciones ni dar réplicas al autorizado maestro. En mi ignorancia, solo podía ver que todos estaban de acuerdo en algo que no me gustaba.

Estos recuerdos vinieron a mi memoria al final de la excelente película de Fatih Akin, cuando al tratar de explicar la fiesta del cordero a la madre alemana, el hijo recuerda la pregunta a su padre cuando era niño:
-padre, si Dios te lo pidiera, ¿me sacrificarías como hizo el profeta Ibrahim?
- hijo mío, me enemistaría con Dios con tal de protegerte.

Sentado en la playa con el hijo, mirando hacia el horizonte en espera de su padre, aún sabiendo que el mío no regresará, concluí, definitivamente, que me gustaba mucho más que Guzmán el Bueno y que si Dios existe, debería comprenderlo.